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Tres artistas emergentes

Tomado de la revista Southward Art de Febrero de 2003

Desde un excelente oficio evidentemente estructurado por una escuela que ha sabido aportar bases firmes sin anular singularidades, Marcos Acosta, Sol Halabí y Ramiro Vázquez son tres jóvenes artistas cordobeses que pueden ser designados como emergentes por la fuerza expresiva de sus imágenes y la manera particular en la que han comenzado ha construir su lenguaje. Elaborar obras supone, además de la calidad del oficio, una intencionalidad de abrir perspectivas capaces de alimentar los enigmas implícitos o explícitos que rondan al artista. Dejarse seducir por el riesgo de poner en cuestión imagen y sentido es la condición que me parece ineludible para la producción artística; creo que Acosta, Halabí y Vázquez se desarrollán en esa dirección.

Marcos Acosta despliega un discurso en el cual lo social ocupa un lugar preponderante, pero sin ceñirse a estereotipos, con buenos aciertos dramáticos, fruto de una línea concisa que indaga y quiebra a la forma o, según el caso, mediante una paleta que fricciona el color de manera ruda y categórica; instalado en la dimensión gestual el artista transmite fuerza y sentimiento sin ninguna complacencia por los recursos de efecto. Acosta sabe bucear en los personajes y en las situaciones, no con voluntad descriptiva sino con espíritu provocador, cuestionando a la imagen tanto como a los hechos. Su propuesta, cuando está dirigida a lograr una tensión general de las formas capaz de desdibujar a los personajes, quitarles individualidad y convertirlos prácticamente en masas de sombra contrastada, en contornos agitados y caóticos (Terrible Sudamérica, No hay que Mirar!), es realmente hacedora de una exclente pintura, que no se queda limitada al asunto, sino que además aborda la parodia y lo grotesco con solvencia y creatividad.

Sol Halabí, por su parte encara la figura femenina aunque no parece interesarle presentarla como género; me parece claro que su busqueda de relaciones entre el cuerpo de mujer (y evito hablar de personajes), la actitud que lo singulariza y el "hacer" pictórico, apunta en muchas de sus obras a una incorporación de lo fantasmal y lo psicológico (Sin Aviso, Sentada, Susurro). La artista, a mi juicio, de manera intencional se sujeta a esa oscilación que nunca define si quiere detallar o por lo contario, pretende destruir la fisinomía (o identidad) de la figura que en todo los casos está atenta soló a ella misma, ensimismada mostrando un claro interés por la espacial, que le sirve para insertar el carácter nebuloso y equidistante del contexto. Tal vez la no claridad y la similitud desconcertante entre fondo y figura juegue un rol aún más protágonico que el cuerpo. Sol Halabí, y no es un juicio de valor, es menos certera que Vázquez en el toque y la dirección de la pincelada y está ajena a la línea expresiva de Marcos Acosta, lo que le permite ganar cierta franqueza en el hacer y estar muy cerca de constituir un "antimodelo" y de lograr plenamente una apertura psicológica de la imagen.

El tercer integrante de trío emergente es Ramiro Vázquez quien a la manera de un trovador de imágenes, instala su teatro de títeres en una atmósfera engañosa, festiva e inocente. Teatro de doble lectura y de opuestos travestidos. Personajes de sonrisas francas y sin embargo inquietantes, celebraciones y competencias con un trasfondo sino ominoso, por lo menos enigmático y burlón. Si bien Vázquez establece con sus personajes algunos frágiles lazos con los muñecos de Seguí, los salva de todo estereotipo colocándolos en el centro de la escena, manipulándolos con sentido lúdico, pero con intención críptica, festivos pero no totalmente transparentes, libres pero compulsivos, humanos pero enmascarados. El paisaje es escanario y a la vez acontecimiento porque no siempre se puede deslindar si las cosas y los seres están en él o surgen como brotes de un universo paralelo. El artista invita a decifrar de qué asunto se trata. Puede ser claro y lineal, pero también inquietante y fatalista. Sin falsos pudores cromáticos, Vázquez sabe someter su pintura a deslumbramientos y penumbras, luces y sombras de una narración sin final.

Horacio Safons

 

Francis Bacon

Hace diez años moría Francis Bacon. Fue el artista más importante del siglo XX.Por sus telas se llegaron a pagar millones de dólares. A través de la pintura, denunció la agresión que ejercen los hombres entre sí.
EL PINTOR DE LA VIOLENCIA Y EL HORROR. Por Laura Haimovici, Clarín 27 de Abril de 2002, Buenos Aires, Argentina. Raro homenaje el que le rindió la cultura pop a Francis Bacon: En el film Batman, Jack Nicholson -como el Guasón- ingresa en el Museo de Bellas Artes de Ciudad Gótica y tras destruir telas de Picasso y Degas, queda subyugado ante una pintura. "Me gusta", dice y sigue de largo.Francis Bacon, de quien mañana se cumplen diez años de su muerte, no fue un pintor del buen gusto, de los que deslizan su pincel para satisfacer los
conceptos estéticos de moda y previsibles. "En ausencia de un tema que te corroa íntimamente, se cae inevitablemente en la decoración", sostenía.Especie de chico malo de las Bellas Artes del Siglo Veinte, su figura humana es una sombra deformada por las pinceladas. Un rostro con la mirada ausente y un cuerpo que parece haber pasado por una sesión se tortura. Personas
retorcidas, laceradas, mutiladas, como un rompecabezas vuelto a armar con desajustes.
"Me da satisfacción que la gente odie mis pinturas, que le parezcan horribles. Debe haber algo en ellas si es así. Creen que son imágenes del horror, pero yo no puedo competir con el mundo real", dijo el autor de "Tres estudios para un autorretrato" y "Crucifixión".
Esa violencia que ejerce en las telas no es porque sí. Nacido en Dublín, Irlanda, en 1909, Bacon explicaba: "Para mí la tragedia en mí es algo natural. Recuerdo que cuando tenía cinco años, mi padre me habló de los comienzos de la Primera Guerra Mundial. En esa época estábamos en Irlanda y solíamos hablar de 'los problemas'. Luego vino la Segunda Guerra Mundial. Esa es la razón, son las circunstancias de la época en la cual uno vivió".Descendiente lejano del filósofo inglés Francis Bacon, su padre se dedicaba a entrenar caballos de carrera. Cuando el pintor tenía unos dieciséis años dejó su casa de la calle Lower Baggot y partió a Londres. Al poco tiempo, con una pensión que le envió su madre se fue a Berlín, a vivir los placeres de la vida nocturna, y tiempo después a París, donde descubrió a Picasso y su propio deseo de pintar.
No acudió a la academia ni a ninguna clase de maestro. Diseñó muebles y tapices para obtener algunos ingresos y su obra comenzó a surgir con imágenes de la guerra a través de los temas religiosos (los "Tres estudios para la figura al pie de la cruz" son de los años 40).El Museo de Arte Moderno de Nueva York le compró obra y empezó a mostrar sus producciones en las grandes galerías del mundo.
El hombre de cazadora de cuero y cabello caído sobre los ojos y gesto fastidioso nunca hizo nada para ocultar su vida border. Le gustaban el alcohol, el juego y los muchachos. Alimentó una fama de sádico que llegó a su punto máximo cuando en 1971 su amante George Dyer decidió suicidarse en la habitación de un hotel tan desordenado y caótico como el estudio en el
que trabajaba."El mejor pintor de la carne femenina es Ingres. Si no amas a la mujer no podés pintar algo tan hermoso como 'El baño turco'. A mí me gustan los hombres: la carne masculina es muy interesante, me gusta su calidad", aseguró.Fue el representante británico en las grandes bienales del mundo. Durante una subasta en Sotheby's, en 1989, se pagaron casi 7 millones de dólares por su "Tríptico Mayo-Junio", cifra que nunca se había invertido por una obra de autor inglés. Le tenía pánico al artificio y perseguía obsesivamente la cruda realidad. "Es tan difícil la pintura", se lamentaba. "Es una mentira a través de la que hay que atrapar la verdad".Esa verdad él la había sentido en los trazos de Miguel Ángel, Velázquez y Picasso. En cuanto a sus trabajos, lo empujó siempre el mismo anhelo: "Lo que me gustaría es que mis pinturas tengan el mismo efecto inmediato que la foto de un animal salvaje después de una cacería". Y, aunque se declaraba optimista, para él vivir y pintar sólo se trataba de haberse vuelto más civilizado en la manera de encarar el horror".